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Kong estaba perdido, literal y emocionalmente, cuando entró a aquella pequeña heladería de barrio. No era fan del dulce, ni siquiera sabía qué hacía ahí, pero la sonrisa de Thomas -el chico detrás del mostrador- lo hizo volver al día siguiente... y al siguiente. Lo que empieza como una simple rutina de helado se convierte en algo más: en miradas largas, en conversaciones tímidas, en pequeñas confesiones disfrazadas de sabores. Pero Thomas cree que Kong solo va porque le gusta el helado. Kong, en cambio, va porque le gusta Thomas.