solarksy
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Había una vez, en un reino bañado por el fuego y el arrepentimiento, una historia que no parecía tener fin. No era la historia de un valiente caballero, ni de una princesa en apuros, sino de dos seres tan antiguos como el pecado mismo.
Imaginen, si pueden, un palacio de pesadillas convertido en refugio, donde las paredes respiran el aroma del azufre y el optimismo. Allí, un Ángel Caído, aquel que una vez portó la luz y ahora solo portaba una corona de oro y melancolía, caminaba por los mismos pasillos que un Demonio de la Radio, un espectro de estática y sonrisas afiladas.
Cualquiera pensaría que seres de tal magnitud dedicarían sus días a conspirar sobre el destino de las almas. Pero no. En este cuento, el Rey de la Creación y el Señor de las Ondas se comportaban como dos infantes en un patio de juegos de sangre. Si uno decía "blanco", el otro juraba que era "negro". Si uno construía un castillo de arena, el otro convocaba una marea de sombras para derribarlo. No era odio común; era una coreografía de egos, un duelo eterno por ver quién merecía el título de "el único apoyo" para la princesa del Infierno.
Y así, mientras las llamas del abismo bailaban, estos dos titanes reducían su inmenso poder a berrinches elegantes, olvidando que, a veces, del roce constante de dos piedras, lo que surge no es solo polvo, sino una chispa capaz de incendiarlo todo.