Zeyma95
Para muchos, emigrar es un acto de valentía; para ella, era un refugio contra el caos. Tras dejar atrás el calor sofocante y los ecos de una Venezuela herida, su llegada a España no tenía pretensiones de grandeza. Su plan era sencillo: trabajar hasta el agotamiento, ahorrar cada moneda y fundirse en el anonimato de la capital madrileña. Imaginaba una existencia lineal y monótona, una rutina gris donde el mayor desafío sería sobrevivir al frío del invierno y a la soledad de un apartamento. Estaba preparada para el aburrimiento, pero no para la ruptura de la realidad.
El epicentro de esa fractura tiene nombre propio y vive unos pisos debajo de ella.
Su vecino no es el hombre amable que uno esperaría encontrar en un edificio antiguo de Madrid. Es una presencia perturbadora, poseedor de una belleza que parece tallada en hielo y una actitud que oscila entre el desprecio y la indiferencia absoluta. Su arrogancia no es un escudo, sino la consecuencia natural de alguien que mira el mundo desde una altura inalcanzable. Para él, los seres humanos son simples destellos fugaces, vidas que se apagan antes de que él pueda siquiera aprender sus nombres.
Sin embargo, el destino tiene un sentido del humor retorcido. Él es el dueño del silencio, el hombre capaz de controlar el tiempo y el flujo de la existencia.
A partir de este encuentro, la vida aburrida que ella creía que iba a tener se transforma en un peligroso juego de poder y magnetismo. Él la ve como una perturbación imposible, un fallo en su dominio milenario sobre las horas. Ella lo ve como un monstruo fascinante que le ha robado la paz. Entre muros que susurran secretos antiguos y la tensión de un romance que desafía las leyes de la física, ella comprenderá que no viajó miles de kilómetros para escapar de su pasado, sino para convertirse en el ancla que obligará a un dios del tiempo a sentir, por primera vez, el peso de un corazón que late.