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Elijah Graham era un nombre que se escuchaba en los pasillos con respeto... y un poco de envidia.
Dos veces campeón nacional de patinaje artístico. El chico que hacía que la gente se callara cuando entraba a la pista. El que convertía el hielo en algo casi mágico.
Su hermano mayor, Garret Graham, era todo lo contrario: hockey. Golpes, sudor, cascos y esa energía caótica que llenaba los vestuarios. Aun así, los dos se llevaban sorprendentemente bien. Se molestaban, sí, pero de esa forma en la que solo los hermanos que se quieren de verdad saben hacerlo. Garret nunca dejaba de ir a verlo competir, y Elijah nunca faltaba a un partido importante de su hermano.
El único que parecía disfrutar de recordarle a Elijah que "el patinaje no es un deporte de verdad" era Dean Di Laurentis.
No lo hacía de forma cruel ni agresiva. Era más bien esa molestia constante, esa sonrisa de lado y esos comentarios al pasar:
-Otra vez con las piruetas, Graham. ¿No te cansas de dar vueltas como un trompo?
O cuando le quitaba los audífonos en el pasillo solo para decirle:
-¿Entrenando mentalmente o solo soñando despierto con el hielo?
Nada demasiado grave. Solo suficiente para que Elijah apretara la mandíbula y rodara los ojos cada vez que lo veía.
Pero lo que realmente lo tenía perdido no era Dean.
Era John Logan.
John, al que Elijah había amado en secreto desde que tenía memoria. Desde aquella vez, años atrás, cuando se resbaló en la pista y John fue el único que se acercó a ayudarlo en lugar de reírse. Desde entonces, cada mirada, cada sonrisa casual, cada "hey, Graham" hacía que su corazón se descontrolara peor que en cualquier salto cuádruple.
Y aun así, nunca se lo había dicho.
Porque el miedo a que John no sintiera lo mismo era más aterrador que cualquier caída sobre el hielo.
Así que Elijah seguía patinando.
Seguía ignorando (más o menos) a Dean.
Y seguía amando a John en completo silencio.