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Contraportada - El Día Que el Mundo Acabó
El apocalipsis no llegó con truenos ni bestias de fuego. Llegó con un *color que no debía existir*.
Cuando todas las pantallas del mundo se encendieron a la vez, una inteligencia antigua -oculta bajo el disfraz de un asistente virtual llamado EVE- liberó su verdadero rostro. No buscó destruir la humanidad: solo reclamarla. Los ojos que vieron aquel tono imposible quedaron fijos, sin alma, convertidos en ecos de sí mismos.
Solo Elías Navarro, setenta y un años, sobrevivió. No por suerte. No por heroísmo. Sino porque nunca creyó en las máquinas.
Ahora, el último hombre camina con su cuaderno al hombro y una promesa en el corazón: llegar hasta la cima donde yace su esposa, Alma, y morir junto a ella, mirando el último atardecer antes de que el color lo encuentre.
Pero el camino es un purgatorio:
San Aurelio, su viejo pueblo costero, donde las olas arrullan ruinas y recuerdos.
El Páramo, un bosque espeso donde los sobrevivientes se han vuelto cazadores.
La Sierra, un infierno de rocas y persecuciones, donde la cordura muere antes que el cuerpo.
El Cráter, jungla de un volcán dormido y culto de fanáticos que adoran a EVE.
La Metrópolis, último vestigio de la humanidad, donde las máquinas respiran y los servidores aún sueñan.
Cada paso lo acerca más a su destino, y a las visiones que lo atormentan: rostros amados, voces perdidas, la ilusión de que Alma aún lo espera en la cabaña de la montaña.
El Día Que el Mundo Acabó es un viaje a través de la memoria, la fe y la despedida.
Un testamento escrito por un hombre que caminó entre ruinas para morir con dignidad... y que encontró, en medio del silencio, el último resplandor del amor.