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Jon recuerda el frío que hay más allá del Muro, donde su familia lo desterró, donde decidió expiar sus pecados y llorar sus errores. Recuerda a Ghost, el único que lo amó a pesar de todo, y el dolor por la pérdida de su reina a manos de él mismo.
El frío más allá del Muro seguía siendo el mismo de siempre; Jon pensó que dejaría de serlo con la muerte del Rey del Invierno, pero... Pero el Rey murió a manos de Arya; un lobo, no de un dragón.
Entonces sabía muy poco: creía que Eddard Stark era su padre y que la única amenaza eran los Caminantes Blancos. No había considerado que los vivos eran igual de peligrosos, si no más. Había pagado por esos errores.
Aquella noche, el viento helado sopló aún más fuerte y el frío caló en los huesos de Jon hasta el centro de su cuerpo. En sus sueños, voces y gruñidos se superponían unos sobre otros.
Entonces abrió los ojos y vio un par de ojos azules, tan azules como las rosas de invierno que Sansa amaba. Una sonrisa cálida, del tipo que siempre había anhelado.
-Jonnel... Mi pequeño lobo... -dijo la voz suave
Jon Nieve despertó en el cuerpo de un bebé cuya existencia lo cambiaría todo.