Saturno_15184
(VERSIÓN SIN EDITAR)
"El contacto ya no es una promesa de cercanía, sino una sentencia de muerte. Lo que antes nos unía, ahora nos separa, y el simple roce de una mano es suficiente para condenarnos. En un mundo donde la proximidad se ha vuelto la mayor amenaza, la distancia ya no es un refugio, sino un recordatorio constante de lo que hemos perdido."
El mundo ha cambiado, y con él, las reglas de la supervivencia. Lo que antes parecía simple, lo más humano y natural, ahora se ha convertido en la mayor amenaza. El tacto, la proximidad, el roce de una mano, ya no son gestos de consuelo, sino de condena. En este nuevo orden, la distancia es la única protección, pero ni siquiera esa garantiza la paz.
La enfermedad no se propaga como cualquier otra plaga conocida. No hay síntomas evidentes al principio, solo una sensación de inquietud que crece con el paso del tiempo. No es el aire lo que contamina, ni las heridas lo que infecta; es el contacto, ese acto tan humano que ahora se ha vuelto fatal.
En las calles, las miradas son esquivas, los cuerpos se separan, las voces se ahogan en el miedo de lo inevitable. En este nuevo mundo, cada gesto, cada palabra compartida, es un recordatorio de lo que ha sido perdido: la seguridad, la confianza, la cercanía. Ya no hay abrazos, no hay contacto, solo la sensación constante de que en cualquier momento, el toque más inocente puede sellar el destino.
Y mientras todo se desmorona, algunos luchan por mantener lo poco que queda: una pizca de humanidad, una chispa de esperanza. Pero el miedo nunca se va. En este espacio entre la desesperación y la necesidad, donde cada instante se alarga y cada decisión pesa más, la pregunta es la misma para todos: ¿es posible sobrevivir cuando el acto más simple puede destruirlo todo?