MEIIREX
Si-eun había aprendido que el amor no siempre se va cuando uno decide dejarlo ir. A veces se queda, escondido en los pliegues de la memoria, latiendo en los silencios, respirando en los rincones más cotidianos de la vida. Un año y medio atrás habría jurado que amar era lo único que le daba sentido al mundo. Ahora, en cambio, vivía convencido de que el amor no estaba hecho para él, al menos no en este momento. Después de todo lo que le costó sobrevivir a Seong-je -las lágrimas, la terapia, la mudanza, el nuevo número de teléfono y un gato negro que apareció bajo la lluvia-, Si-eun se prometió que no volvería a permitir que su corazón se rompiera así.
Pero hay promesas que se hacen con la cabeza y se rompen con el pecho. Y el suyo, aunque cubierto de hielo, seguía recordando cómo latía cuando alguien pronunciaba aquel nombre.