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Jonas Kahnwald y Angelika Nielsen parecían encajar de una forma que no se podía explicar con palabras simples. No porque todo fuera fácil entre ellos, sino porque, incluso cuando el mundo se interponía, algo los empujaba siempre el uno hacia el otro.
Eran muy distintos. Jonas vivía marcado por el pasado y por un futuro que no entendía del todo; cargaba silencios, culpas y miedos que rara vez dejaba salir. Angelika, en cambio, sentía intensamente y sin reservas. Era curiosa, sensible y valiente, capaz de aferrarse a la esperanza incluso cuando todo parecía perdido. Donde él se cerraba, ella abría el corazón. Donde él dudaba, ella avanzaba.
Su historia nunca fue sencilla. El tiempo parecía jugar en su contra, separándolos una y otra vez, obligándolos a decir adiós cuando aún quedaban palabras por decir. Se encontraban en momentos equivocados, en vidas que no siempre coincidían, pero cada reencuentro traía la misma certeza: olvidarse no era una opción.
Aunque el destino los empujara a caminos distintos, el amor siempre permanecía. Cambiaban los años, los ciclos y las versiones de sí mismos, pero lo que sentían no se borraba. Era un lazo silencioso, constante, que sobrevivía a la distancia y al dolor.
Estaban condenados a separarse y a encontrarse una y otra vez.
Y aun así, había algo que nunca cambiaba: Siempre se amarían.