Landytoo
Regla número uno del manual: jamás tratar a un paciente que no puedas controlar.
Sofía Aguirre lleva siete años aplicándola. Siete años descifrando mentes perturbadas, reconstruyendo lo que otros destruyeron. Es joven, pero ya es la mejor. Tiene un método. Un prestigio. Una vida ordenada donde cada minuto encaja como una pieza de rompecabezas.
Hasta que llega él.
Adrián Mendoza.
Treinta y dos años. Ojos negros que no parpadean cuando deberían. Expediente judicial por lesiones graves. Diagnóstico: trastorno de personalidad antisocial. Psicópata. Manipulador nato.
Pero cuando la puerta del consultorio se cierra a sus espaldas, él no hace nada de eso.
No manipula. No provoca. No habla.
Solo se sienta frente a ella y la mira. En silencio. Con una calma que hiela la sangre. Sesión tras sesión, semana tras semana, Adrián permanece inmóvil mientras Sofía se desvive por llenar el vacío con palabras que él no responde.
Y entonces empieza a notarlo.
Él no está allí para ser curado.
Él está allí para estudiarla a ella.
Sofía sabe que debería derivar el caso. Sabe que debería alejarse. Pero cuando las sesiones terminan, su mente sigue girando alrededor de ese hombre que no ha dicho una sola palabra. Cuando cierra los ojos, sigue viendo esa mirada fija, hipnótica, que parece conocerla mejor que ella misma.
La fascinación profesional se convierte en obsesión. La obsesión, en algo más oscuro. Algo que ella jamás creyó capaz de sentir.
Y una noche, cuando el consultorio está vacío y el expediente de Adrián Mendoza descansa sobre su escritorio, Sofía toma una decisión que lo cambiará todo.
Va a romper su propia regla.
Va a verlo fuera de la terapia.
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El problema es que los psicópatas no se enamoran.
Aprenden.
Y Adrián Mendoza lleva treinta y dos años aprendiendo exactamente cómo destruir a alguien que comete el error de quererlo.