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En la casa de los Santana, las mentiras siempre habÃan sido más fuertes que las paredes húmedas y más resistentes que cualquier promesa.
Doña Hilda repetÃa con orgullo que sus hijas eran "decentes", muchachas serias, incapaces de acercarse a un narco aunque les pusieran una fortuna enfrente. Y mientras lo decÃa, Catalina y Victoria intercambiaban una mirada silenciosa que lo decÃa todo... y nada.
Ambas sabÃan la verdad que su madre no querÃa ver:
que los tacones que escondÃan bajo la cama no eran para fiestas,
que los celulares nuevos no se compraban con trabajos limpios,
y que los carros lujosos en los que a veces se montaban no pertenecÃan a santos, sino a hombres capaces de borrar vidas con solo levantar la mano.
La noche siempre traÃa secretos.
Y cuando el reloj marcaba la hora en que el barrio se apagaba, Catalina y Victoria se encendÃan. SalÃan a escondidas, regresaban en silencio, ajustándose la ropa, borrando marcas del cuello, dejando los miedos en la entrada antes de cruzar la puerta.
Su mamá dormÃa tranquila, creyendo que sus hijas eran las únicas flores puras que quedaban en un mundo de espinas.
Pero la pureza hace mucho que se les habÃa escapado de las manos.
Victoria fue la primera en entender que en su barrio no habÃa oportunidades, solo precios. Catalina fue la primera en pagar. Y juntas, sin darse cuenta, empezaron a caminar hacia un destino que las iba a marcar para siempre.
No hubo un momento exacto en el que se perdieron.
No hubo una decisión que lo cambiara todo.
Solo hubo una noche, una mirada, una oferta imposible de rechazar, y dos hermanas demasiado jóvenes para comprender que estaban entrando a un mundo donde salir indemne era un lujo que nadie tenÃa.
Porque en el universo de Catalina y Victoria Santana, donde el cuerpo es moneda y el poder es veneno, no existe el paraÃso.
Ni siquiera para quienes están dispuestas a darlo todo.