AishaRest
Carly Scott era una de las voces más notorias en la industria musical. El éxito llegó a su vida gracias a su capacidad de contar historias a través de su música, aunque no lo hace de la manera tradicional; las letras de sus canciones son contundentes y, sí, brutales. No se anda con rodeos ni adornos a la hora de escribir porque no cree en el amor y no le interesa fingir que lo hace. Y eso es lo que a su público le encantó desde el principio. Pero tras las bajas ventas de su último álbum, la disquera ha decidido que quería un cambio radical para su próxima producción: quería canciones más "comerciales". Entiéndase más romance y menos rebeldía con el fin de alcanzar un público diferente.
¿Estaba dispuesta a aceptar el reto? Sí... pero con ciertas condiciones:
1. Total control creativo.
2. Nada de cambios en su sonido original. Y, sobre todo,
3. Nadie le iba a decir qué debía o no escribir.
Especialmente el compositor del momento, Nathan Barrett, con quien la disquera insistió que colaborara en el nuevo disco.
No le importaba que fuera el nuevo Rey Midas de la música, que todo lo que tocaba lo volviera en un hit instantáneo. Tampoco que los artistas fueran capaces de matar por tenerlo en los créditos de sus producciones. No iba a permitir que cambiara su esencia como artista. Del éxito de ese nuevo material dependía su carrera musical, y NADIE iba a impedir que lograra su objetivo. Mucho menos alguien que parecía sacado de un sueño erótico, que cada vez que lo veía le provocaba palpitaciones en su pecho (y en otros lugares de su anatomía, siendo honestos), y quisiera saltar a su regazo para comérselo a besos.
¿Lo peor? Es que conforme pasaban más tiempo juntos en el estudio de grabación, Carly se daba cuenta de que existía una gran posibilidad de que el sentimiento fuera mutuo, pues cada vez que estaban solos, las chispas comenzaban a saltar...