AzazielDarwell
El humo del cigarro formaba espirales en el aire, mientras el detective Javier Salazar observaba el tablero repleto de fotos. Rostros congelados en el tiempo, miradas vacías que ya no podían hablar, pero que de alguna manera seguían gritando desde el otro lado. La Ciudad de México, en 1967, era una jungla de concreto que no perdonaba. Cada calle, cada esquina, era un laberinto que podía esconder el siguiente cadáver.
Ya iban tres. Tres cuerpos hallados en menos de dos meses, todos con las mismas marcas, la misma firma que lo atormentaba día y noche. Salazar había visto de todo en sus años como agente judicial, pero este asesino... este monstruo jugaba a otro nivel. Las víctimas no tenían nada en común, al menos en la superficie. Podrían ser cualquiera: un taxista, una vendedora de flores, una maestra de primaria. El patrón no era claro, y eso lo enfurecía.
Afuera, la lluvia caía con furia, golpeando los adoquines como si la ciudad intentara purgar su maldad. Pero no era suficiente. El detective se ajustó el sombrero, acto seguido apagó el cigarro contra el cenicero ya lleno. No podía seguir esperando. Las sombras se movían más rápido de lo que la ley podía alcanzarlas, y él no iba a permitir que se le escaparan otra vez.
Con una mezcla de rabia contenida y cansancio en los huesos, tomó su abrigo y salió a la calle. El olor a tierra mojada y gasolina lo golpeó de lleno, pero nada de eso importaba. Había un asesino suelto, y esta noche, iba a cazarlo.