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El perfume "Cherry" no era simplemente un aroma; era una declaración audaz y perfectamente equilibrada, una identidad que Carre adoptaba con naturalidad. Al primer contacto, desprendía una punzada ácida y vibrante de cereza negra recién machacada, no artificial, sino con la intensidad de la pulpa oscura y el toque casi metálico del hueso de la fruta. Inmediatamente después, esta acidez se rendía a una dulzura cálida y envolvente, como un licor añejo o una vainilla ahumada.
Para Spreen (Iván), esa fragancia se había convertido en una obsesión sutil y desorientadora. Desde el momento en que abrazó a Carre en el aeropuerto, el aroma Cherry se incrustó en su memoria sensorial. No era solo agradable; era una fuerza magnética que desdibujaba la línea entre la amistad platónica y un deseo físico apenas reconocido.