Valescritoraanonima
Meghan no tiene pasado que recordar ni familia a quien decepcionar - privilegio extraño, si se piensa bien, pues la sociedad de su tiempo ha hecho del pasado su religión y de la familia su penitencia.
Vive con otros cuatro inadaptados de cierta distinción: Luci, Kai, Edwin y Eneas, en una casa compartida que aquellos ex universitarios llaman residencia - con esa fe en las palabras que solo da la ruina - y que el mundo, menos sentimental con el vocabulario, llama error. Juntos persiguen esa ficción popular conocida como la normalidad, que la buena sociedad reserva con todo celo para quienes ya la poseen y no tienen, por tanto, ninguna necesidad de ella.
La paz, claro está, es un lujo. Y el lujo, como es sabido, tiene la costumbre imperdonable de frecuentar únicamente a quienes ya nadan en él.
Un doble asesinato - obra de uno de entre ellos, cometido con esa eficacia que solo produce la desesperación - los arrastra hacia la criminalidad con la puntualidad de un cobrador de deudas. Aparece después un chantajista, ese tipo de caballero que ha comprendido que la culpa ajena es el negocio propio más rentable del siglo, y lo que comenzó como tragedia doméstica deviene en vocación: el sicariato, ese oficio que la moral condena en público y la necesidad justifica en privado. Pronto, los cinco descubren lo que los ricos saben desde la cuna y tienen el buen gusto de no mencionar jamás: la respetabilidad es un privilegio, y la pobreza, una confesión anticipada de culpa.
Tras un cúmulo de sucesos que harían palidecer a cualquier jurado y sonrojar a cualquier novelista de folletín, Meghan se ve ante la disyuntiva más incómoda que puede ofrecerle la vida: seguir siendo nadie - que es cómodo, aunque ingrato - o descubrir quién fue antes - que es revelador, aunque fatal. Ambas opciones, como suele ocurrir con las únicas que importan, tienen un precio. En esto al menos, la existencia es justa: cobra a todos por igual, aunque no a todos les cobra lo mismo.