chocotorta_tdp
Callum murió cuando el cielo ardía en naranja.
Desde entonces, Rayla no mira el horizonte sin sentir que algo dentro de ella vuelve a quebrarse.
Porque el mundo no se detuvo.
El sol siguió cayendo.
El viento siguió moviendo las hojas.
Pero él no volvió a levantarse.
Cada atardecer es una herida abierta.
Cada tono dorado es un recuerdo.
Cada sombra que se alarga le susurra el mismo pensamiento:
si hubiera sido más rápida... si hubiera sido más fuerte...
En las páginas de un diario que nadie más debería leer, Rayla cuenta los días sin él.
No para olvidarlo.
Sino para castigarse.
Para no permitirse dejar ir el último instante en que él pronunció su nombre.
Porque fue ella quien debía proteger.
Y fue él quien se interpuso.
Y mientras el cielo siga tiñéndose de naranja, seguirá contando.
Atardecer tras atardecer.
Como si el número correcto pudiera traerlo de vuelta.
O al menos, enseñarle a perdonarse.