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Trabaja hasta romperse el cuerpo por un salario que apenas alcanza para respirar. No pide héroes, no cree en salvadores de capa y sonrisa perfecta. Esa noche, mientras la ciudad se arrodilla ante Lady Homelander -la invencible, la adorada, la intocable-, él solo pasa de largo. Una mirada fugaz, indiferente, y sigue su camino hacia el autobús.
Ella lo vio.
Y algo se rompió dentro de la superheroína perfecta.
Ahora invade su vida como una plaga dulce y letal: paga sus deudas, le prohíbe trabajar, aparece en sus sueños y en su balcón a medianoche. Lo toca con guantes de cuero mientras duerme, susurra promesas de eternidad con voz que suena a amenaza.
Él intentó rechazarla. Ella sonrió con ojos que brillan rojos.
"No me digas que no. Nadie me dice que no."
Y poco a poco, el hombre que solo quería una vida sin deudas descubre que la deuda más grande es la que nunca pidió: su alma, su libertad, su último aliento... todo pertenece a Lady Homelander.