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Hay cruces de universos que parecen fanservice... y otros que parecen inevitables. Este es de los segundos.
En el mundo de My Hero Academia, más de la mitad de la población manifiesta habilidades sobrehumanas conocidas como dones o Quirks. La sociedad entera gira en torno a ellas: héroes profesionales, academias de élite, rankings, fama. Pero en esa misma estructura brillante existe una grieta silenciosa: quienes nacen sin poder alguno. Los Quirkless. Marginados, subestimados, tratados como errores estadísticos.
Entre ellos está Izuku Midoriya, un chico que admira héroes con la devoción de un científico y la esperanza de un soñador. Analiza estrategias, memoriza estadísticas, disecciona combates... pero no tiene nada propio que ofrecer al campo de batalla. O eso cree el mundo.
Hasta que el tiempo decide intervenir.
Desde una línea temporal que no debería tocar esta realidad, aparece Profesor Paradox, el errante crononauta que ha visto el tejido del multiverso deshilacharse y recomponerse mil veces. Él comprende algo que nadie más ve: el heroísmo no es un don biológico, es una constante cósmica. Y algunas constantes necesitan herramientas.
Así, Paradox le entrega a Izuku un artefacto que no pertenece a este planeta: el Omnitrix, tecnología galvánica capaz de contener el ADN de incontables especies inteligentes del universo. No es un simple reloj. Es una biblioteca viviente de posibilidades. Un puente entre biología y voluntad.
En un mundo que clasifica a las personas por lo que nacen siendo, Izuku recibirá la capacidad de convertirse en lo que elija ser. Ya no dependerá de un Quirk heredado o despertado. Su poder vendrá de las estrellas, de mundos donde la fuerza adopta mil formas distintas.
Y entonces la pregunta dejará de ser "¿tiene don?" para transformarse en algo mucho más interesante:
¿qué hace un corazón heroico cuando tiene acceso a todo el universo?