pinguinotuabuela
Jorge González no es el típico muchacho de San Miguel. No cree en el amor. Cree en la música, en las ideas, en la rabia que le hierve por dentro cada vez que pisa la calle. En 1982, mientras el país se parte en silencios y la dictadura intenta apagar todas las voces, él prefiere gritar en canciones. Tiene la arrogancia del sol, la mirada cándida, y un corazón que late a ritmo de poesía... aunque se niegue a admitirlo.
Él cree que el mundo está podrido, que los adultos no entienden nada y que no hay futuro... salvo con una guitarra entre las manos. Pero entonces aparece ella. Una amiga. Una con nombre de canción, de esas que no se olvidan. Una que no tenía que importarle tanto, que no buscaba nada especial, pero que igual se quedó. Con su voz de abril, sus ojos que miran distinto, y esa forma de escucharlo como si cada palabra suya valiera oro.
Y Jorge, sin querer, le empieza a escribir canciones. A dejarle cartas escondidas entre libros, como si no fuera él. Como si no tuviera miedo de sentirse vulnerable. Porque Jorge no es romántico, pero le duele. Le duelen cosas que no sabe explicar.
Entre cuadernos rayados, ensayos con Los Prisioneros, marchas silenciadas y corazones partidos, Jorge se descubre enamorado. De esa forma intensa, adolescente y profunda que no cabe en ninguna canción... pero que igual intenta escribir. Con Claudio Narea y Miguel Tapia como testigos, el joven rebelde y de alma rota va descubriendo que tener el corazón de poeta no siempre es bonito.
A veces arde.
A veces duele.
Pero a veces también salva.
Porque hay amores que nacen con guitarra en mano.
Y hay corazones que, aunque se resistan, nunca dejan de ser poetas.
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