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El aire de Avalon era pesado, saturado de un maná tan puro que quemaría los pulmones de cualquier humano. Pero Gilgamesh no era un hombre cualquiera. Caminaba entre la bruma con su armadura de oro destellando, su sola presencia reclamando aquel reino espiritual como parte de su jardín personal.
-Así que aquí es donde se esconden los "juguetes" más brillantes -murmuró, deteniéndose ante la orilla de un lago cristalino que parecía no tener fondo.
El agua comenzó a agitarse. No por el viento, sino por una voluntad antigua. Lentamente, una figura emergió: una mujer de cabellos plateados y ojos que contenían el reflejo de todas las estrellas. La Dama del Lago lo observó con una calma que rozaba el insulto.
-Rey de Babilonia -dijo ella, su voz resonando como campanas de plata-. Tu tesoro es vasto, pero las espadas que guardas en tu Puerta son solo ecos de lo que yo he otorgado al mundo. No tienes derecho sobre lo que yo bendigo.
Gilgamesh soltó una carcajada seca y arrogante. A su espalda, el espacio comenzó a ondularse, abriendo portales dorados que apuntaban directamente al corazón del hada.
-¿Derecho? -rio él-. Yo soy el origen de toda civilización. Si una espada es digna de existir, es porque pertenece a mi colección. Y si tú eres quien las forja, entonces tú también eres, por definición, mi propiedad.
La Dama no retrocedió. Extendió una mano y, de la nada, una luz cegadora brotó del agua. No era una espada para él, sino una advertencia.
-Muchos reyes han venido a pedirme favores, Gilgamesh. Pero tú eres el primero que viene a intentar cobrar una deuda que no existe. Si quieres la verdadera "Luz del Planeta", tendrás que demostrar que tu alma es más pesada que el oro que vistes.
La tensión era absoluta. Por primera vez en eones, Gilgamesh no vio a una herramienta, sino a un desafío digno de su atención. Una sonrisa depredadora se dibujó en su rostro.
-Interesante. Veamos si tus aguas pueden apagar el fuego de mi soberanía.