Bombomz77
La noche no siempre fue oscura; hubo un tiempo -lejano, rígido, casi perfecto- en el que el mundo respiraba orden, donde cada vida tenía un propósito claro y cada nombre estaba escrito en piedra, pero Naruto nunca perteneció a ese lugar, nunca encajó en la perfección sofocante de una familia que lo miraba como un error imposible de corregir, porque ser un Omega ya era una condena en silencio y él, además, eligió ser un delincuente, una grieta abierta en el orgullo de los suyos, un susurro incómodo en los pasillos impecables de su linaje, alguien que rompía reglas no por necesidad sino por puro desafío -por esa rebeldía ardiente que lo mantenía vivo cuando todo lo demás intentaba doblegarlo-, y así creció, entre miradas de desprecio y control, aprendiendo a sobrevivir, a resistir, a no inclinar la cabeza, hasta que el mundo decidió que ya había tenido suficiente de él, hasta que el tiempo mismo lo reclamó no como un accidente ni como un capricho del destino, sino como un castigo preciso, calculado, inevitable; el aire cambió primero, más pesado, más denso, cargado de algo primitivo que se filtraba en los pulmones y se aferraba a la piel como una advertencia, luego llegaron los sonidos -respiraciones profundas, pasos que no eran completamente humanos, un murmullo bajo que parecía provenir de criaturas que existían más allá de la razón- y cuando Naruto abrió los ojos comprendió, sin necesidad de palabras, que ya no estaba en su mundo, que había sido arrojado a un lugar donde las leyes no se escribían con tinta sino con instinto, donde los Alfas no solo dominaban sino que cazaban, donde sus cuerpos podían convertirse en bestias masculinas, imponentes y peligrosamente hermosas, guiadas por un deseo antiguo que no pedía permiso ni ofrecía segundas oportunidades: encontrar a su compañero de vida, marcarlo, reclamarlo, asegurar una descendencia fuerte en un ciclo donde el poder se heredaba con sangre y posesión; en ese mundo, Naruto dej