alquimizarte
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Hay melodías que no solo se escuchan: se recuerdan desde un lugar que nunca fue, como si vinieran de una vida anterior, de un sueño ajeno que aún nos pertenece. A ella, la música de Eliot Rune no le llegó como descubrimiento, sino como eco. Él había muerto el año en que nació, pero su voz parecía conocer cada rincón de su alma. No era obsesión ni admiración: era reconocimiento.
Eliot no fue un ídolo. Fue un incendio breve, brillante, imposible de contener. Cantaba lo que el mundo no sabía mirar, y en cada acorde dejaba una parte de sí que solo unos pocos podían encontrar. Ella era una de ellos. No por azar, sino por algo más hondo, más antiguo. Como si el destino los hubiera cruzado en otro plano, en otra historia.
Y aunque la realidad no les permitió coincidir, él sigue apareciendo. No en forma de espectro, sino como presencia: en los silencios que pesan distinto, en las notas que se clavan, en la certeza de que hay amores que desafían el tiempo y se narran desde la ausencia.
Lost Springs es una elegía disfrazada de encuentro, una carta sin remitente que alguien, de alguna forma, sigue respondiendo.