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El Tratado de Paz y Alianza no fue un simple acuerdo político; fue un cataclismo silencioso que redefinió la esencia misma de los cuatro grandes reinos, entrelazando sus destinos de formas inimaginables y cambiando la vida de incontables generaciones a partir de aquel fatídico día. Entre las cláusulas que cimentaron esta precaria tregua, algunas exigían sacrificios personales que resonarían a través de los siglos.
Para el Reino Vampiro, el rey Dorian, un ser de antigüedad insondable, consolidó el pacto con una unión sin precedentes. Tomó como esposa a Morwen, la legítima reina del Reino Demonio, una figura de poder oscuro y voluntad indomable. De su unión nacieron dos hijos extraordinarios, encarnando la esencia pura de ambos linajes: su primogénito, Neo, nació como un demonio absoluto, destinado a heredar el trono del Reino Demonio y asegurar la alianza con su mera existencia. Años después, llegó Alasterd, quien manifestó la pura sangre vampírica de su padre, ascendiendo así como el futuro rey del Reino Vampiro. Su nacimiento y destino dual transformaron la dinámica de poder entre dos reinos, uniéndolos bajo un mismo linaje.
En el Reino Lobo, la vida de Ragnar, el Rey, y su amada Reina Lyra también fue irrevocablemente alterada por el tratado. Aunque sus razones específicas y las implicaciones para sus propios hijos, Nathaniel y Kioto, se mantuvieron veladas al público general, el acuerdo tejió una sombra sobre su futura descendencia, atándolos a promesas hechas en aras de la paz.
Por último, en las esferas celestiales del Reino Ángel, la rúbrica del rey Seraphiel selló el destino de su estirpe en el pacto. Sin embargo, su hijo, el Rey Jophiel, quien más tarde ascendería al trono, ya en aquel entonces sostenía un férreo desacuerdo con ciertas estipulaciones. Su desaprobación no era un mero capricho, sino un profundo recelo que auguraba una tensión constante en la aparente solidez de la paz.