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La humanidad siempre imaginó el fin del mundo con fuego cayendo del cielo o invasiones alienígenas. Nadie predijo que el apocalipsis llegaría en forma de una mutación microscópica: una tríada perfecta y demoníaca de rabia modificada, esporas bacterianas y un hongo que convirtió nuestro propio sistema nervioso en una trampa mortal.
Al principio los contagiados perdían la conciencia en cuestión de horas, transformados en cascarones violentos sedientos de sangre. Pero el patógeno no solo destruía la mente; hacía algo mucho peor. Mataba el mañana. Descubrimos de la manera más cruel que el virus impedía que la vida floreciera: ningún embarazo prosperaba, ninguna cuna volvería a llenarse. Nos convertimos en la última generación sobre la Tierra.
En medio del caos y el aislamiento, el Hospital General se transformó en nuestro búnker, nuestra fortaleza y nuestra prisión.
Para la Mayor Freen Chankimha, el mundo se redujo a perímetros de seguridad, raciones tácticas, incursiones suicidas en busca de suministros y el peso insoportable de mantener vivos a los pocos que quedaban. Su cuerpo estaba marcado por las cicatrices del combate, pero su mente estaba blindada.
Para la Doctora Becky Armstrong, la guerra se libraba bajo la luz blanca de los laboratorios y entre las sábanas de una cama improvisada que compartía con Freen en los escasos momentos de paz. Becky no solo buscaba una cura contra el hongo; luchaba por mantener un destello de humanidad en un mundo que se desangraba a pasos agigantados.
Esta es la bitácora de nuestro desgaste. La crónica de los días oscuros donde la tortura no venía solo de los infectados que arañaban las puertas del hospital, sino del silencio sepulcral de un planeta moribundo y de los secretos que nos guardábamos para no destruirnos el corazón.
Porque en un mundo donde el mañana ha sido cancelado, sobrevivir ya es un acto de rebelión. Y amar... amar es la tortura más hermosa de todas.