xime_250908
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Bang Chan era un hombre común, nacido entre bosques espesos y caminos de tierra, donde el canto de los pájaros marcaba el inicio del día y el golpe del hacha anunciaba el final de la tarde. Como todos en su pueblo, vivía del trabajo duro y del silencio de los árboles, cortando leña para sobrevivir, repitiendo la misma rutina una y otra vez.
Habitaba una pequeña cabaña al borde del bosque junto a su abuela, una mujer de manos gastadas y mirada cansada, que le hablaba de paciencia y destino. Pero Chan ya no creía en esas palabras. Estaba harto de la pobreza, de los inviernos largos y de la idea de pasar su vida entera entre troncos y sombras. En su corazón crecía un deseo peligroso: quería más. Quería riquezas, poder, un futuro distinto al que el bosque parecía haberle impuesto.
Fue entonces cuando escuchó los susurros.
Una mujer que concedía deseos a cambio de promesas. Nadie sabía con certeza si era real, pero la desesperación es un consejero persuasivo, y Bang Chan decidió internarse en el bosque una noche sin luna.
La bruja le prometió todo lo que anhelaba: oro, respeto y una vida lejos de la miseria. Sus palabras eran dulces como la miel, su sonrisa afilada como los colmillos de un lobo. Chan aceptó sin leer el precio oculto entre sus frases.
Lo que no sabía -lo que jamás imaginó- era que no todos los deseos traen salvación.