Juan_Haraga
TN arrastra un pecado que no tiene nombre, uno que nació cuando sus manos aún eran demasiado pequeñas para comprender el peso del mundo. A los seis años, durante una semana, compartió palabras con un adulto cuya voz parecía despedirse incluso cuando hablaba. Había silencios largos, frases que sonaban a cierre, a algo que no volvería. TN no entendía del todo, pero algo en su pecho se tensaba cada vez que esas palabras caían, como si el aire se volviera más pesado. No hizo nada. No supo qué hacer. Y quizá ese fue el verdadero error: crecer sabiendo que hay señales que solo se entienden cuando ya es demasiado tarde. Desde entonces, ese recuerdo no lo abandona; no lo persigue con gritos, sino con una calma cruel que le recuerda que incluso la inocencia puede cargar culpas que duran toda una vida