MelAkeav
El mundo siempre fue tuyo es una historia sobre infancias rotas, silencios que pesan más que las palabras y vínculos que nacen no desde el amor declarado, sino desde la necesidad de no estar solo.
La primera parte sigue a un chico marcado por la introversión y el aislamiento. Desde pequeño aprende a observar sin intervenir, a existir en los márgenes. Su mundo cambia cuando conoce a Vía, una niña frágil, callada, víctima constante del bullying. Entre ellos no hay grandes gestos ni promesas, solo una presencia compartida que se vuelve refugio. Él la cuida sin saber cómo salvarla del todo; ella se aferra a él como al único lugar donde el dolor se detiene un momento. Pero Vía carga una violencia más profunda, una que ocurre en casa, y cuando huir se vuelve la única forma de sobrevivir, desaparece sin despedirse, dejándolo solo con la culpa y la sensación de haber fallado en protegerla.
La segunda parte muestra otra infancia rota: la de Paulina. Desde pequeña es acosada por su entorno, señalada, tocada, mirada como algo disponible. En medio de ese desgaste aparece Erick, un niño carismático y seguro por fuera, pero quebrado por dentro. Él también vive violencia, aunque la disfraza con sonrisas. Paulina no pregunta; aprende a aceptar el silencio como norma. Mientras él se va apagando lentamente, ella empieza a sufrir un acoso cada vez más cruel, hasta que una noche todo se rompe. En un intento desesperado por salvarla, Erick se enfrenta a una violencia mayor que él mismo y desaparece, sacrificándose para que ella pueda huir.
La historia no ofrece redención ni finales justos. Habla de pérdidas que no se reparan, de personas que estaban destinadas a ser refugio pero fueron separadas por un mundo cruel, indiferente y sucio. Es un relato sobre conexiones que no llegan a florecer, sobre destinos truncados y sobre cómo algunos niños crecen cargando batallas que nunca debieron ser suyas.