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Antonia nunca quiso irse de Chile.
Después de la muerte de su mamá, Colombia no se sintió como una nueva oportunidad. Se sintió como un castigo.
A sus 17 años tuvo que dejar su casa, sus amigos y todo lo que todavía le recordaba a ella. Ahora estaba viviendo con un papá al que apenas estaba aprendiendo a conocer y entrando a un colegio donde todos parecían conocerse desde siempre.
Y Antonia no estaba hecha para encajar.
Con su pelo liso impecable, las pestañas largas, los audífonos siempre puestos y esa costumbre de esconder todo detrás de una mirada pesada, rápidamente se convirtió en la niña rara del salón.
La que fumaba escondida.
La que escuchaba Los Jaivas y Bloque Depresivo mientras todos escuchaban reggaetón.
La que respondía peor cuando intentaban hacerla sentir menos.
Y entonces apareció Richard Ríos.
El niño favorito del colegio.
El futbolista insoportable que sonreía demasiado, molestaba demasiado y parecía disfrutar sacarla de quicio.
Desde el primer día chocaron.
Richard se burlaba de su acento. Antonia le respondía peor. Él la provocaba por cualquier cosa y ella parecía disfrutar hacerlo enojar también.
Lo que ninguno de los dos esperaba era empezar a buscarse incluso cuando estaban peleando.
Porque detrás de la personalidad pesada de Antonia había una niña rota intentando sobrevivir lejos de casa.
Y detrás de las bromas de Richard había alguien que empezó a entenderla más de lo que quería admitir.
Entre discusiones, celos, cigarrillos compartidos, canciones tristes y miradas que duraban demasiado, lo que comenzó como odio terminó convirtiéndose en algo mucho más peligroso.
Porque Antonia jamás pensó que alguien podría hacerla sentir en casa otra vez.
Y mucho menos alguien como Richard.