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Hay lugares a los que solo se llega cuando el mundo duerme.
Ahí, la magia no se anuncia: simplemente existe. Los cielos brillan distinto, el tiempo se detiene cuando dos miradas se cruzan y los sentimientos nacen con una intensidad imposible de ignorar.
Todo parece real -el roce de unas manos, las promesas susurradas, el amor que florece sin pedir permiso-, como si ese mundo hubiera estado esperando ser vivido.
Nada hace sospechar que no pertenece a la realidad.
Hasta que despertar deja de ser una opción... y la duda se vuelve eterna: ¿fue un sueño, o un amor que solo podía existir ahí?