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Tom y Bill tienen veintiún años y una vida ordinaria, lejos de las luces de los escenarios. Lo suyo es un mundo construido a su medida: entre pantalones anchos, delineador negro, rastas que se enredan al dormir y un amor tan inmenso que a veces asusta. Un amor que se sostiene con las miradas celosas y protectoras de Tom, y las sonrisas brillantes y devotas de Bill.
Para celebrar su aniversario, deciden escapar de la rutina en un viaje por carretera. Un trayecto lleno de canciones compartidas, fotografías borrosas, discusiones sin importancia y promesas susurradas a media luz que se sienten eternas.
-Si algún día me pasa algo, tú sigues viviendo, ¿sí?
Sin embargo, el destino no avisa. Una tormenta imprevista, una fracción de segundo, una mirada esquiva y el violento chirrido de unos neumáticos sobre el asfalto húmedo borrarán el mapa que habían dibujado juntos.
Dicen que los momentos más felices son los que desaparecen más rápido, dejando solo el eco de un hospital y una pregunta suspendida en el aire: ¿Se puede seguir viviendo cuando tu otra mitad se ha quedado en el camino?