lalalakagh
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Dos meses. Sesenta días exactos lejos de las luces, de las cámaras, del bullicio de la Ciudad de México y, sobre todo, del calor de la Vecibanda. La vida de Gabriela en Venezuela se convirtió en una rutina agridulce. Aunque estaba de vuelta en su país natal, rodeada de paisajes familiares y el cariño de su tierra, su corazón se había quedado varado en otra latitud. Las tardes de retos extremos y grabaciones interminables fueron reemplazadas por la pantalla de su teléfono. Las videollamadas constantes con Lidia, Fede, Alex, Alan y Max eran su único refugio, y las largas madrugadas conversando con Lukas, su novio, se transformaron en el cable a tierra que la mantenía a flote. Sin embargo, la distancia pesaba. A través del cristal digital, Gaby veía a sus amigos continuar con sus proyectos, y aunque se alegraba de corazón por cada éxito, una nube de desánimo la acompañaba a diario. Extrañaba las risas compartidas sin delay, los abrazos improvisados en la sala de la mansión y la seguridad de tomar la mano de Lukas bajo el cielo nocturno. Venezuela la cobijaba, pero ella ya no se sentía completa allí. El brillo característico de sus ojos se había apagado un poco, transformado en una espera silenciosa. Hasta que una tarde ordinaria, la voz de su madre cambió el destino de su verano. Las palabras mágicas -"ya podemos regresar a México"- devolvieron la chispa instantánea a su mirada. El alma le volvió al cuerpo. Con una sonrisa cómplice y la adrenalina corriendo por sus venas, Gaby tomó una decisión audaz: no le diría absolutamente nada a los chicos. Su regreso no sería un simple mensaje de texto; sería la mayor sorpresa de sus vidas.