Suosaku_
Confundido por despertar en un lugar que no conoce, Suo Hayato empieza a vagar.
No reconoce el terreno. No hay edificios, no hay carreteras, solo tierra removida, tiendas de campaña y el olor a leña quemada. Lo último que recuerda es el chirrido de los frenos, el impacto, y después la nada misma. Ni dolor, ni sueño. Solo oscuridad, y ahora esto.
Camina sin rumbo hasta que ve una luz a lo lejos. Fuego de antorchas. Voces. Movimiento.
Se dirige hacia ella sin pensar. Cualquier cosa es mejor que el vacío.
_¡Intruso! ¡Hay un intruso cerca de la base!_
El grito lo saca de su aturdimiento. Demasiado tarde.
Soldados salen de entre las tiendas con lanzas y espadas desenfundadas. Lo rodean antes de que pueda levantar las manos. No le dan tiempo de explicar. Lo acorralan, lo desarman con un golpe seco en la pierna y lo tiran al suelo.
_No se mueve_, ordena uno. _Si respira raro, lo ensartamos_.
Lo arrastran por el campamento como si fuera un saco de carga. Miradas hostiles, murmullos de traidor, de espía. Suo no responde. Tiene la cabeza dando vueltas. Esto no es un sueño. Duele demasiado para serlo.
Lo llevan frente a la tienda más grande. La del centro. La del estandarte negro.
Ahí está él.
Sakura Haruka. General a cargo. Superior de todos. Frío y calculador.
Está sentado frente a una mesa con mapas extendidos, la armadura aún puesta, una espada cruzada sobre las piernas. No se levanta cuando lo arrojan al suelo frente a él. Solo lo mira.
Lo mira como quien evalúa si un cuchillo sirve para cortar o si se rompe al primer uso.
_Levántate_, dice sin levantar la voz.
Suo obedece a medias. Las rodillas le tiemblan. No por miedo a los soldados. Por la certeza de que ese hombre frente a él decide si vive o muere en los próximos diez segundos.
_Nombre_, ordena Sakura.
Suo abre la boca. Y por primera vez desde que despertó, entiende que una palabra mal dicha aquí significa la muerte.