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La casa siempre huele a encierro.
Las moscas, blanqueadas por el sol, descansan inmóviles sobre el alféizar de las ventanas, como si también ellas estuvieran esperando el día en que puedan escapar. El vidrio está manchado, la pintura se cae a pedazos y el aire está cargado de un veneno invisible que se respira todos los días sin darse cuenta.
Dentro, la gente habla de dinero. Siempre de dinero.
De negocios, de deudas, de cómo los niños crecen tan rápido que apenas alcanzan a reconocerlos antes de que cambien otra vez. Las palabras flotan en la habitación, pesadas, inútiles, mientras los pulmones se llenan lentamente de polvo, pintura vieja y promesas rotas.
Hay días en los que ella daría cualquier cosa por estar en una iglesia un domingo por la mañana.
Sentarse en una banca de madera, cerrar los ojos y escuchar al coro cantar como si todavía existiera algo puro en este mundo. Voces suaves, sinceras, que prometen que Dios te ama... aunque no lo suficiente como para salvarte.
Porque aquí nadie viene a salvar a nadie.
Y al final, cuando las luces se apagan y el silencio vuelve a apoderarse de la casa, la verdad es siempre la misma:
Esta ciudad te enseña una sola cosa, tarde o temprano.
Que crecer es aprender a sobrevivir sola.
Que nadie te va a tomar de la mano cuando caigas.
Que, te guste o no, tendrás que cuidar de ti misma.
Buena suerte, Fiorella Broggi
La vas a necesitar.