Abichele
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Este es mi diario, o lo que queda de él: palabras puestas en orden para no olvidar, o tal vez para entender por qué olvidé tanto. Nací en un invierno canadiense que nunca terminó del todo dentro de mí, donde el violín fue lo primero que me enseñó a sentir sin hablar y el piano lo que me permitió callar con ruido. Desde niño cargué notas como si fueran deudas: escalas que se volvían preguntas, acordes que escondían silencios más pesados que cualquier grito. Crecer no fue fácil; hubo casas que se rompieron, manos que lastimaron más de lo que consolaban, y una soledad que se instaló como un segundo instrumento, siempre desafinado.
A lo largo de los años toqué en salas vacías y en auditorios llenos, pero la música nunca me salvó: solo me acompañó mientras las cosas se torcían. Hubo amores que empezaron con un compás compartido y terminaron en fracturas que no se ven en la partitura; hubo noches en que el arco temblaba no por el frío, sino por decisiones que aún no había tomado. Y siempre, en el fondo, algo oscuro acechaba: un misterio que se filtraba entre las teclas, un crimen que quizás no cometí con armas sino con omisiones, o una verdad filosófica que se negaba a resolverse en una sola melodía. Este relato no promete redención ni finales limpios. Solo cuenta cómo un niño con un violín en las manos se convirtió en un hombre que, a veces, prefería el silencio al sonido... y cómo ese silencio terminó conteniendo más que cualquier sinfonía.