LirianetGracia
El café estaba frío. La cama, vacía. Y entonces lo supe: ella ya no estaba.
¿Qué harías si un día despertaras y lo que te sostenía desapareciera sin aviso?
No hablo de perder una cosa, un objeto o un recuerdo. Hablo de perderte a ti mismo. De repente, te das cuenta de que ya no eres quien eras, porque lo que te daba dirección, lo que hacía que todo tuviera sentido, simplemente dejó de existir.
Yo lo creí eterno. Pero no lo fue. Se fue. Y dolió. No como un golpe ni como una herida abierta, sino como algo más cruel: un silencio que se instala dentro, un peso invisible que respira contigo. Nadie lo ve, pero está ahí. Siempre está. Aprendes a convivir con él, a moverte como si no lo cargaras, a fingir que todo está bien. Pero no lo está.
Yo lo sé. Porque primero la perdí a ella. Y con ella, perdí todo lo que me hacía sentir vivo.
Ahora solo quedo yo. Una versión que apenas reconozco. Una pregunta que no me deja dormir: si hubiera llegado antes, si hubiera dicho algo más... ¿ella todavía estaría aquí? ¿Yo seguiría siendo el mismo?
No tengo todas las respuestas. Pero sé esto: tengo hasta el final del día para decidir. Dejarla ir por segunda vez... o hacer algo por nosotros, antes de que el silencio lo decida por mí.