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Antonella no solo amó a Zell; ella lo creo. Fue la arquitecta detrás del ídolo, la que vendió sus propios sueños para que él tuviera una voz y la que sostuvo su mano cuando el mundo le cerraba todas las puertas. Ella fue el motor en los días de hambre y el refugio en las noches de fracaso.
Pero el éxito es un veneno que borra la memoria.
Al llegar a la cima, Zell ya no vio en Antonella a su compañera, sino a un testigo incómodo. Ella era el recordatorio de su pasado humilde, de sus miedos y de las veces que quiso rendirse. En un mundo de luces y fanáticos, él ya no quería a alguien que lo conociera de verdad; quería a alguien que solo admirara su gloria.
Sin gritos ni despedidas dignas, la traición fue absoluta: Antonella fue reemplazada en horas por una mujer que no conocía el sacrificio, sino solo el resultado. Ahora, ella se queda con la amarga certeza de que ser la mujer del proceso no garantiza un lugar en el destino.
Sin embargo, Zell pronto descubrirá que, sin su ancla a tierra, el éxito es solo una caída libre. Él tiene el mundo a sus pies, pero ha perdido el único lugar al que podía llamar hogar.