SabakunoAmbar
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Rin dudó un segundo, pero extendió la mano derecha con la palma abierta. La piel de sus manos era suave pero firme, dedos largos de delantero preciso. La adivina tomó su mano entre las suyas, cálidas y llenas de anillos, y pasó su dedo índice lentamente por cada línea: la de la vida, la del corazón, la del destino.
-Interesante... -murmuró, entrecerrando los ojos-. Tienes un futuro demasiado prometedor, niño. Éxito. Mucho éxito. Serás una leyenda, tu nombre resonará en estadios de todo el mundo. Pero no solo eso... se vienen fuertes emociones. Aquí hay colores intensos... blanco puro como la nieve, rojo pasión como la sangre.
Cicatrices que marcan pero no destruyen...
Rin mantuvo su expresión impasible, pero sus ojos turquesa se entrecerraron ligeramente.
-Ohhh, pero mira nada más... -continuó la adivina, su voz bajando a un tono casi conspirador-. Amor en tu vida. Un amor fuerte, lleno de pasión. Viene un chico... uno muy interesante. Intenso. Bastante intenso, por no decir obsesivo. Alto, con cabello blanco como la luna, ojos rojos que brillan con travesura peligrosa. Pondrá tu mundo de cabeza, te sacará de tu zona de confort como nadie jamás lo ha hecho. No cabe duda... será tu futuro esposo.
Rin parpadeó una sola vez. Su expresión no cambió, pero retiró la mano con educación.
-Lo lamento, pero no creo en estas cosas -dijo con voz fría, cruzando los brazos y alzando una ceja.
La adivina sonrió bajo el pañuelo, sus ojos arrugándose con diversión. Se levantó con gracia felina, caminó hasta un estante lleno de frascos y tomó uno pequeño con polvo marrón café.
Volvió a sentarse frente a ellos.
-Lo sé, mi niño. Pero no te preocupes. Te mostraré tu futuro. Ver para creer, ¿no?
Antes de que Rin pudiera reaccionar, la mujer sopló el polvo directamente hacia su rostro.