DanielCrasch
Carta de NØA
Hoy fui a ver el estreno de MATRIX y me di cuenta de que no soy el único que busca al conejo blanco. Desde mi niñez, siempre me dio miedo la tecnología, pero no un miedo que te hace huir sino un miedo que te impulsa a seguir, a buscar, a descubrir lo que hay detrás de este juego llamado existencia.
Nunca has pensado que tal vez solo somos un programa de computadora y tal vez alguien nos dirige o solo nos observa como unas hormigas en una pecera. No sé exactamente para quién escribo esto. Tal vez para mí mismo, para saber si de verdad existo fuera del eco de mis propios pensamientos. Tal vez para ti, que has llegado hasta aquí sin apartar la mirada, como si buscaras algo tuyo en el fondo de mi vacío.
He intentado muchas veces descifrar el origen de este hueco. No es una herida, ni una ausencia particular, ni siquiera una tristeza. Es más bien una neutralidad de fondo, un silencio que no se nombra y que lo cubre todo. Desde niño, el mundo fue un lugar saturado de instrucciones no escritas, miradas elusivas, intenciones ocultas detrás de cada palabra. Los demás parecían moverse con una soltura que yo nunca aprendí. La empatía, la risa grupal, el juego compartido, todo eso era un código cifrado para el que jamás recibí la clave, hasta bailar se me complica. Así, el vacío se instaló pronto: no como dolor, sino como una especie de sala blanca, insonorizada, donde los ecos se apagan antes de llegar a mi piel.
Estuve un tiempo buscando explicaciones y hoy creo que las encontré en esta película. Apenas tengo 17 años y todos los días siento que esta vida no es mía. Pensé que tal vez mi madre no supo mirarme, o que la vida me aisló antes de tiempo, o tal vez fue el abandono de mi padre a los 3 años de edad, o que simplemente nací defectuoso. Pero todas esas razones se fueron quedando pequeñas, insuficientes para abarcar el contorno de esta nada que me define.