brocheta55555
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Bajo las bóvedas de piedra negra, el Rey de Hierro observaba su conquista. Un joven de cabellos dorados permanecía arrodillado entre las sombras, encadenado no solo por grilletes de metal, sino por el destino de su estirpe derrotada. No hubo palabras de rendición ni promesas de clemencia; solo el eco de los pasos pesados del Alfa sobre el mármol frío.
La primera mirada fue un incendio. Un par de ojos rojos, cargados de una ambición voraz, se clavaron en la figura temblorosa pero digna del Omega. En ese instante, el aire se volvió eléctrico. La fuerza bruta del guerrero se encontró con la resistencia silenciosa de la luz, y el contrato quedó sellado sin necesidad de pergaminos.
El Rey se detuvo frente a él, su sombra cubriendo por completo al rubio. Una mano áspera, marcada por mil batallas, se cerró bajo la barbilla del cautivo, obligándolo a mirar la mirada de su nuevo dueño. No hubo ternura, solo el reconocimiento de una presa que, muy pronto, se convertiría en el corazón de su imperio.
Afuera, la tormenta rugía, pero dentro de esas paredes, el silencio marcaba el nacimiento de una obsesión. El primer roce fue la chispa que encendió un fuego que consumiría reinos enteros, transformando la sangre en linaje y el odio en una devoción inquebrantable que poblaría el mundo de herederos.