escriturasm
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Hay cosas que una persona debería recordar durante toda su vida.
El primer beso.
La primera mentira.
El momento exacto en el que descubres que la persona que creías conocer nunca fue quien decía ser.
Yo recuerdo las tres.
Tyler Galpin fue un error.
Uno de esos errores que, por alguna razón, se niegan a desaparecer.
Durante un tiempo pensé que simplemente había sido curiosidad. Una anomalía en mi comportamiento que podía analizar, diseccionar y archivar como cualquier otro acontecimiento desagradable de mi vida.
Hasta que descubrí la verdad.
Tyler era un Hyde.
El chico que me había sonreído detrás de la barra de la cafetería. El que parecía escucharme incluso cuando yo no decía nada. El que consiguió que, durante unos breves instantes, bajara la guardia.
Y después estaba aquel beso.
Mi beso.
El que nunca debí darle.
No porque hubiera sido desagradable.
Sino precisamente porque no lo fue.
Cuando descubrí quién era realmente, todo cambió.
La confianza desapareció. La curiosidad se convirtió en desconfianza y cualquier sentimiento que hubiera empezado a crecer quedó enterrado bajo una montaña de preguntas.
¿Me había utilizado?
¿Había sido todo una mentira?
¿Había sentido algo por mí en algún momento?
No tenía respuestas.
Y odiaba no tenerlas.
Después de todo lo ocurrido, pensé que sería sencillo olvidarlo.
Me equivoqué.
El verano llegó y, por primera vez en mucho tiempo, dejé atrás Nevermore.
Pensé que alejarme de todo sería suficiente.
De los monstruos.
De los misterios.
De Tyler.
No sabía que algunas historias no terminan cuando uno decide marcharse.
A veces solo esperan.
Y aquel verano, la mía estaba a punto de empezar de nuevo.