AryValyria
Aldric, el segundo hijo de la reina, creció entre silencios y miradas esquivas: demasiado distinto, demasiado incómodo para encajar en la imagen perfecta de la corona. Pero donde otros veían una mancha, él hizo un juramento. Aprendió a forjarse con disciplina, a hablar con el acero, a pensar como un gobernante... y a convertir el dolor en propósito.
Con el verano muriendo y el invierno acercándose, el pueblo empieza a susurrar su nombre en Fondo de Pulgas, en las tabernas de Lannisport, en los mercados de Antigua y hasta en los puertos de Rocadragón. No por promesas vacías, sino por hechos. Porque cuando Aldric ayuda, deja huella. Y cuando Aldric castiga, deja una advertencia.
Dicen que su sangre carga con el orgullo de dos grandes dinastías.
Dicen que su mirada no pertenece a este tiempo.
Dicen que, si alguna vez decide reclamar lo que le corresponde, no habrá muro lo bastante alto, ni corona lo bastante pesada, ni ejército lo bastante grande para detenerlo.
Mientras casas antiguas caen por su propia soberbia, una fuerza nueva se levanta desde el corazón del reino: silenciosa, paciente, inevitable.
Y cuando el nombre de Aldric deje de ser un rumor y se vuelva una sentencia, los Siete Reinos comprenderán una sola verdad:
nadie, en toda Poniente, está preparado para la llegada del Dragón Dorado.