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James siempre creyó que la perfección era una línea recta, y ordenó su vida en ángulos exactos, colores vintage y silencios que no sobraran, hasta que un día llegó él: un chico de cabellos rebeldes que no sabía de simetrías ni de grises bien comportados, pero que entró por su ventana como un manchón de acuarela imprevista, con una risa despeinada y los pies llenos de tierra, y sin pedir permiso, sin saber que lo necesitaba, le mostró a James que su corazón no era un error de cálculo, sino un cuadro en blanco que llevaba años esperando un poco de caos bonito.