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𝐋a redención fue lo que salvo el camino del Eupeitida. Un despertar, una pequeña condena y una hija.
Volvería al mismo lugar. Los ojos caídos, una figura suavizada pero firme, fuerte, una cicatriz ovalada y hundida en la garganta, y la otra, en su nuca. Más grande e irregular. Con manos grandes, llenas de callos, daría paso acompañado de su hija, quien quiere presentarle y mostrarle a su futura mujer.
Las miradas constantes, el pasado y el peso de ser aquel hombre arrogante siempre vivirán en su mente, en su memoria y grabadas en las cicatrices, y la gente siempre sería un constante recordatorio, una tormenta de quien fue.
Él esta dispuesto a seguir demostrando que ya no es aquel despiadado.