CSO0407
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La paz entre las familias existía solo sobre el papel.
Isabella Guzmán, hija de Alfredo Guzmán y Carolina Valenzuela, había crecido lejos de Culiacán. A sus diecinueve años vivía en Mónaco junto a sus padres y su hermano menor, Jesús Alfredo, de catorce. Su vida estaba llena de universidades privadas, viajes por Europa, cenas elegantes y una tranquilidad que sus padres habían construido a toda costa para mantenerla lejos de los fantasmas del pasado.
O al menos eso intentaban.
Porque Isabella siempre encontraba la manera de regresar a Sinaloa.
Le gustaba visitar a sus abuelos, pasar tiempo con sus tíos, recorrer los ranchos y escuchar las historias que nadie se atrevía a contar completas. Era una parte de sus raíces que se negaba a perder.
Fue durante una de esas visitas cuando conoció a Pato Zambada.
Alto, moreno, de sonrisa fácil y mirada peligrosa.
Pato quedó flechado desde el primer instante en que la vio bajar de una camioneta en casa de sus abuelos. Ella llevaba un vestido blanco sencillo y el cabello recogido. No hizo nada extraordinario, pero para él fue suficiente.
Desde entonces buscaba cualquier excusa para coincidir con ella.
Un asado familiar.
Una cabalgata.
Una fiesta patronal.
Una reunión en el rancho.
Lo que fuera.
Y aunque Isabella tardó más en notarlo, terminó por sentirse atraída también.
El problema era que existía algo entre ellos mucho más grande que la distancia entre Mónaco y Culiacán.
Años atrás, durante una guerra sangrienta entre ambas familias, Alfredo había matado al tío de Pato.
La herida jamás cerró del todo.
Sí, oficialmente había paz.
Sí, los hombres importantes habían acordado dejar atrás los enfrentamientos.
Pero los muertos seguían muertos.
Y había nombres que nadie olvidaba.