Sadely
Para muchos, Elliott Wynter es un monstruo vestido de hombre, un médico que usa la vida como experimento. Para otros, es un pionero, alguien que quizá descubra lo que la humanidad realmente se convirtió después del apocalipsis. Nadie sabe qué busca en el fondo de sus disecciones, ni por qué continúa explorando los límites del dolor y la evolución.
Lo que casi nadie sabe es que, en lo más profundo de su gélido corazón, Elliott Wynter está perdidamente enamorado.
La obsesión se dirige hacia su mejor enfermero, un omega que lo acompaña desde los días de su graduación y que jamás lo ha abandonado, incluso cuando otros huyeron de sus métodos sanguinarios.
Ese enfermero representa para Elliott algo que no puede poseer con bisturís ni experimentos: lealtad genuina y silenciosa. Cada día lo observa trabajar a su lado, asistiendo sus manos manchadas de sangre sin titubear, soportando sus órdenes tajantes y sus miradas frías.
Nadie sospecha que esa frialdad es un muro desesperado: Elliott teme que si se permite demostrar lo que siente, su obsesión se desborde y lo consuma por completo. Porque no lo ama de forma sana; lo desea con la misma intensidad con la que disecciona cuerpos: con ansias de poseerlo, comprenderlo y romperlo, hasta que no quede nada oculto dentro de él.
Así, Elliott vive atrapado en un dilema:
Mostrar sus sentimientos y arriesgarse a revelar su debilidad.
O seguir ocultándose, condenándose a torturarse con la cercanía de un amor que nunca podrá expresar, más que con la violencia disfrazada de indiferencia.
Para el mundo, Elliott Wynter seguirá siendo el cirujano frío y misterioso.
Pero en la penumbra de su laboratorio, mientras su enfermero prepara los instrumentos bajo la luz blanca, su mirada se detiene demasiado tiempo en él, y su corazón late con un ritmo que contradice la perfección de su fachada inquebrantable.