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Cuando el cielo llama, un ángel no duda.
Evan fue forjado para servir. Sin deseo, sin miedo, sin pensamientos. Solo para velar en los muros del Empíreo y cantar con los Serafines el Sanctus eterno.
Pero abajo, en Ythral, las Tierras Míticas, el mundo se desangra. Elfos, gigantes de piedra, hijos del bosque y clanes de ogros se matan entre sí mientras una oscuridad antigua devora todo lo que queda de luz.
Desesperado, Jaeyun, príncipe heredero y sangre de infierno, rompe la ley más antigua. Abre el libro prohibido. Pronuncia el ritual sagrado y arranca del cielo al Ángel Guardián más cercano al Trono de Gloria.
El ritual funciona.
El pacto se rompe.
Evan cae.
Condenado por pensar, arrojado como Lucifer cayó, Evan se estrella en un bosque sin luna. Su ala rota sangra luz, y donde su alma toca la tierra, la oscuridad retrocede como en el alba del primer día.
Allí lo encuentra Jaeyun.
Un caído. Un demonio que no arde. Un príncipe que te arrebató el cielo y te mirará a los ojos para decirte: lo haría de nuevo.
Él no buscaba un arma. Buscaba paz.
Él no quería ser salvado. Quería sentir.
Ahora ambos llevan una carga que no les pertenece: un pacto roto, un cielo que los borró del Libro de los Nombres, y una atracción prohibida que huele a herejía.
Porque cuando un ángel aprende a sentir y un demonio aprende a proteger,
el cielo tiembla.