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El aroma a café quemado y feromonas agrias siempre será el primer recuerdo de Denki Kaminari cuando piense en su "hogar". Durante meses, aprendió que el silencio era su mejor escudo y la obediencia su única moneda de cambio. Hitoshi Shinsou no era el Alfa que los cuentos de hadas prometían. Su voz, esa que alguna vez Denki encontró fascinante, se había convertido en un arma de control. Un simple "Quédate quieto" no era solo una petición; bajo el peso de la voz de mando, era una cadena invisible que apretaba el cuello de Denki hasta dejarlo sin aliento. Vivía en un ciclo de disculpas vacías y madrugadas de llanto silencioso, convencido de que ese rastro de moretones invisibles en su alma era el precio que debía pagar por no estar solo.
Denki creía que el amor era eso: someterse para pertenecer. Pero el destino tiene una forma extraña de romper los ciclos. El día que finalmente reunió las fuerzas para escapar, con nada más que el miedo pegado a la piel y el corazón hecho trizas, no buscaba un nuevo comienzo; solo buscaba dejar de desaparecer.
No sabía que, entre el caos de su huida y el frío de la incertidumbre, se cruzaría con una mirada serena y unas manos firmes que no buscaban encadenarlo, sino sostenerlo. Yosetsu Awase no llegó con grandes promesas ni demandas de poder. Llegó con el aroma del metal limpio y la paciencia de quien sabe que las cosas rotas no se tiran, se reconstruyen.
Denki estaba a punto de aprender que no todos los Alfas imponen su voluntad. Algunos, simplemente, te enseñan a usar la tuya de nuevo.