PJMYGYM
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Dicen que el amor es una jaula de oro, pero nadie te advierte que, a veces, somos nosotros mismos quienes cerramos el candado.
Él siempre fue como una mariposa: vibrante, etéreo, con alas que conocieron vientos que otros no se atreverían a cruzar. Pero en un mundo de sombras y juicios, ser libre tiene un precio. El pasado suele ser un juez implacable que no entiende de contextos, que solo sabe señalar las marcas en las alas y crucificar las experiencias del ayer, ignorando la metamorfosis del hoy.
La confianza no es la ausencia de miedo, sino la decisión de soltar el hilo que intenta controlar el vuelo del otro. Sin embargo, cuando la mente colapsa y los fantasmas del pasado comienzan a gritar más fuerte que el presente, esa confianza se agrieta hasta volverse un abismo.
Allí, en el silencio de una habitación donde el tiempo parece haberse detenido, queda una verdad desnuda: para amar a una mariposa sin romperla, primero hay que aprender a sanar las propias manos. Hay que aceptar que el pasado fue solo el suelo del que ambos despegaron, y que el presente requiere de algo más que promesas; requiere de ayuda, de terapia, de la valentía de mirarse al espejo y reconocer las propias grietas.
Él está a punto de enfrentar su prueba más dura. No es una lucha contra el mundo, sino contra el eco de sus propios pensamientos infundados. Porque solo cuando el alma se trata y se permite renacer, se comprende que una mariposa no vuela lejos para huir, sino porque sabe que, al final del día, el único lugar donde quiere posarse es en el refugio de quien aprendió a confiar.
La pregunta no es cuánto dolió el ayer... sino si serán capaces de construir un mañana donde el vuelo sea, por fin, compartido y en libertad.