XIEXIEMENG
En el vigésimo quinto año del reinado del Emperador, el imperio se hallaba en un estado de aparente estabilidad. Las fronteras permanecían en calma, los clanes principales conservaban su influencia y la sucesión parecía casi clara.
El hijo nacido de la consorte principal había alcanzado la edad adecuada para heredar el trono, y el hijo del Primer Ministro era ya reconocido, sin necesidad de decreto, como el futuro consorte imperial. Durante años, aquel destino fue aceptado como una verdad firme, transmitida de generación en generación como parte natural del equilibrio del reino.
No obstante, mientras el imperio sostenía esa certeza, el emperador comenzó a resentir el peso de su propio gobierno. La enfermedad debilitó su cuerpo y, con ello, su espíritu se volvió propenso a la reflexión. Fue entonces cuando los actos del pasado, largamente ignorados, reclamaron ser recordados. Entre ellos, un hijo nacido de una sirvienta, apartado del palacio y criado lejos de la capital, cuya existencia había sido cuidadosamente silenciada hace años.
Movido por el arrepentimiento -o quizá por la necesidad de corregir aquello que aún podía ser corregido en vida-, el emperador dio la orden de traerlo de regreso.
Desde las fronteras del norte volvió aquel hijo olvidado. No llegó acompañado de honores ni expectativas, sino de miradas cargadas de desprecio y murmullos contenidos. En la corte, su presencia fue considerada poco más que una anomalía.
Sin embargo, desde el momento en que cruzó las puertas de la capital, el equilibrio comenzó a resquebrajarse. Tres destinos avanzaban ya bajo un mismo cielo, y aunque aún no era visible para quienes habitaban los salones imperiales, el curso del imperio había empezado a desviarse.
Así quedó registrado aquel año: no como el inicio de una guerra, sino como el regreso de un hijo que jamás debió haber sido olvidado.