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Diego Sánchez siempre supo que ser el hijo de uno de los hombres más poderosos de la mafia mexicana era caminar con una diana en la espalda. A sus 20 años, su mayor preocupación era el WiFi, las marcas de diseñador y su vida de "niño de papi" en la gran ciudad. Pero la suerte se le terminó hace dos días: una facción enemiga lo interceptó, sumergiéndolo en la pesadilla de un secuestro violento que casi le cuesta la vida.
Rescatado a sangre y fuego por los hombres de su padre, Diego quedó desconcertado y roto. Para protegerlo de un segundo ataque, sus padres toman una decisión drástica: enviarlo al fin del mundo, a un rincón perdido en las montañas de Colombia, al rancho de un viejo y leal amigo de la familia.
Diego llega al aeropuerto de Bogotá y es trasladado en una camioneta blindada hasta una casona colonial que huele a café y a tierra mojada. Tras un último y emotivo beso de despedida de su padre -quien le promete que allí estará a salvo de las balas- y un abrazo asfixiante de su madre española, Diego se queda solo con sus maletas de lujo frente a un destino que no eligió.
Allí lo espera Luis González.
A sus 25 años, Luis es el polo opuesto de Diego. Mide 1,90 m, tiene el cuerpo forjado por el trabajo duro en el campo y no tiene tiempo para caprichos. Es el patrón absoluto de su tierra, un hombre neutro, disciplinado y serio que no se deja impresionar por apellidos ni por amenazas. Para Luis, Diego no es más que un "chamaco" flojo que necesita aprender el valor del sudor; para Diego, Luis es un "pinche gigante mandón" que quiere arruinarle la vida.
Entre acentos que chocan, secretos de familia, la sombra de la mafia que aún lo acecha y una atracción que ninguno de los dos quiere admitir, Diego tendrá que decidir si prefiere huir de regreso al peligro o quedarse a descubrir que, a veces, el amor más puro se encuentra bajo capas de barro y terquedad .